Los ecos provenientes de aquellas risas infantiles ya inexistentes, inundaban el silencio, silencio circundado por las luces que provocaban al viajero, que ya estaba sobre un puente y veía la abismal caída bajo sus pies.

La Muerte se encontraba presente, como la Fuerza y el Dolor que inundaban el mirar, un pensar…hacían que las imágenes cegaran ante la vista de los demás. Eso era lo que más confundía al errante; ese viajero, que al subir por la montaña (por momentos) pensaba que no tenía sentido, si de cualquier forma tendría que bajar, porque no era su destino estancarse… su destino era continuar.

Entonces hizo lo que dictaminó su pasión calcinada, al no tener ya nada, siguió y subió, para así seguir en ese sendero sin rumbo, acompañado por aquellos tres que muchas veces marcan el destino, como la desigualdad de aquel que es quien no lo puede percibir.

Porque el errante que no tiene nada, no puede huir, sino, ver, sentir ( si es lo suficientemente valiente para enfrentarse a sí mismo).

Y así en ese camino, con el horizonte por ventana tras una Montaña, descubrió que el viento significaba la Libertad, al abrir los brazos y así desarmarse, al refrescar sus ojos, con su rostro ya frío y lanzándose al vacío pera poder obtener el sentido que ansiaba obtener.

El sentido de la Vida, quizás la Muerte, o el Dolor.

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