“Escribir es defender la soledad en que se está”.

María Zambrano

 

A pesar de la asfixia, todavía cierta poesía se obstina en horadar los cercos que se alzan en nuestro mundo cotidiano. Busca en los huecos, por así decirlo, un espacio para respirar. Esa es su aspiración íntima, incluso si esa forma de escritura testimonia la finitud humana, ligada a nuestra experiencia vital como sujetos corporales. El último aliento de Gelu Vlașin se mueve en esa frontera donde el recordatorio de nuestra condición efímera intensifica la percepción de nuestra existencia, también a fuerza de comenzar interrogando lo más próximo, aquello que se supone in-mediato: el cuerpo.  

El poeta parte de ahí. De aquello que damos por obvio: los órganos que son condición misma para que algo así como la «realidad» pueda ser tanto percibida de un modo determinado como dotada de sentido. Cuando el imperio de la banalidad se impone como evidencia, regresar sobre esa interrogación por lo que estructura nuestras realidades humanas –y sus avatares más recurrentes- es una forma de no sucumbir ante ese imperio. Si, como señala Vlașin, “la muerte/ no tiene escapatoria”, aprender a afrontarla –en la medida en que dicho aprendizaje es posible- es parte del saber vivir; un saber que ancla en pequeños atisbos de sabiduría arrebatados a nuestras vivencias.

En ese universo vivencial cabe inscribir El último aliento. En un contexto donde las certezas tambalean, a excepción quizás de la propia certeza de la muerte, regresar sobre lo que presuponemos más inmediato es también una forma de volver a mirar suspendiendo las evidencias. ¿Qué podría hacer lo poético sino ayudarnos a subvertir nuestra mirada y, con ella, nuestra sensibilidad anestesiada?

En efecto, el poemario da cuenta de lo que falta: “la ausencia/ con la que / me he ganado/ la urna / del /crematorio/ de los muertos”.  Pero no hay acto de dar cuenta sin resto, esto es, que no suponga una pérdida. Quizás por eso Vlașin introduce en sus versos el espaciamiento versal, la repetición de signos suspensivos, el encabalgamiento y el barrado que interrumpen el fluir de los versos, la alteración de la sintaxis, la falta de puntuación, acaso como modalidades enunciativas que permiten alojar el silencio en el propio poema. Lo que resulta de ahí no es otra cosa que un movimiento elíptico, el discurso entrecortado, no como mera ornamentación textual sino como una manera específica de afrontar la precariedad de todo decir -su incompletitud radical.

Desde esa mirada otra, también aparece el otro: un sujeto amado que puedo percibir por los órganos de mi sensibilidad. El autor insiste en ello, trazando un puente con lo invisible. El texto se abre así a lo que sólo puede tantearse y no puede decirse más que mediante el tacto. ¿Y qué es el poema, en estas condiciones, sino una forma de abrazar al otro, de acariciarlo mediante la celebración de una experiencia amorosa que se topa, demasiado a menudo, con las huellas de un mundo astillado?

A pesar de ello, vivir es aventurarse en ese espacio incierto en el que cantar es también invocar el latido que una “cabeza errante” echa de menos. «Tímpanos», en suma, para oír el pálpito secreto de lo próximo. Incluso si en esa escucha el autor tiene que habérselas con la hostilidad, el abandono o la propia extranjería. Ahí está –de forma irreductible- la “hierba cortada”, el sufrimiento humano que crece como maleza. Y tanto más se sufre en cuanto no se cesa de añorar, en cuanto la propia añoranza tiene sus arrebatos violentos, en plena oscuridad.

Dolor del destierro, entonces: del otro, de la tierra natal, de la quimera que sigue ahí, desgarrando el presente. Imposible sustraerse a esa soledad. Al fin de cuentas, como saben los filósofos, desde Platón a Derrida, nadie puede vivir ni morir por mí. El último aliento es, precisamente, el despliegue de esa consciencia de la soledad, en su cercanía con la muerte. No tanto el momento en que ya no hay otro, sino el instante en que el otro tampoco salva de la nada a la que finalmente regresamos. Gelu Vlașin lo dice de forma rotunda:

 

más allá de la misma oscuridad/

estás  tú  /  con los brazos

cruzados  / y más allá

de ti / estalla la nada /

como una muerte enmohecida

 

Pero en vez de una elegía más o menos constante, el ser humano sigue ardiendo en el silencio. Sigue la verdad de su deseo, sin limitarse a constatar la desaparición. Sin dioses que abracen la soledad de los mortales, la “sombra baldía” forma parte irreductible de la experiencia de vivir. Sin embargo, el canto entregado a la pesadumbre no por ello deja de convocar a quien, mediante sus afectos, nos cobijará cuando ya no estemos. Una convocatoria que es, al mismo tiempo, ofrenda de sí mismo. El canto se convierte en plegaria secreta a quien nos ama: tómame aunque no puedas podría ser el núcleo paradójico de esa demanda. Quizás por eso tampoco sea posible esta petición como no sea invocando la ausencia, reteniendo el resplandor efímero del paso. Puede que “el mundo que llevamos/ comience a gritar”. En ese grito resuena mucho más que una voz individual –la del poeta o la del ser humano que lo sostiene-. Resuena una protesta contra la disolución, una protesta que es también la del amante contra la separación forzosa del amado y, más en general, contra la distancia que se impone entre los cuerpos.

Al fin de cuentas, “la luz no sabe morir”. Tal es la enseñanza de la soledad: nadie puede sentir por nosotros, incluso si nuestros seres más queridos nos rescatan con su memoria o nos arrojan al desierto. En esa soledad, ¿cómo no reflexionar sobre la muerte hacia la que caminamos? Puede que sólo la lucidez permita arrebatar un aprendizaje agonístico para seguir viviendo. El “pájaro que hay en mí/ aún no ha emprendido su vuelo”, a pesar de todo. Sigue ahí, cantando como puede. Los propios huesos hablan. No saben callar del todo la consumación de la vida que es la muerte. En efecto, “el juego de la muerte/ juega” también con nosotros. Y duele.

El juego de la muerte –el Amo absoluto, como sostenía Hegel- nos punza con la añoranza. ¿Y quién podría animarse a perder todavía sino el poema como testigo de la última expiración, el poema que da cuenta del abismo o la pérdida que siempre merodea en nuestra existencia?

En un tiempo empecinado en retacear nuestra vulnerabilidad, El último aliento recuerda la frágil respiración de lo viviente, incluyendo la de aquellas figuras amadas que dan sentido a nuestro ser en fuga. Frente al delirio de una sociedad que esconde a sus moribundos mientras repite el mito de la eterna juventud, el poemario de Vlașin –como diría Paul Celan- se saluda con la oscuridad, no sólo como un modo de abrirse paso a la certeza de la muerte, sino también como una forma de despedida ante la que nunca estamos suficientemente preparados, siempre prematura.  

 

 

Arturo Borra

Valencia, España / Argentina

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