por graciela malagrida


Zorzales
cuelgan sus cantos
en las ramas del viejo árbol
que no extraña sus hojas
ni mi tristísima mirada en blanco y negro
a esta altura del estío.

Cuando todo calla
cuando incluso la noche espera confidencias
sus ramas impermeables a la luz de la palabra “luna”
proyectan una musa de cabellos largos, revueltos finamente.
Más abajo
su frente, sus cejas tan oscuras
se aproximan al libre albedrío.
No logro ver sus ojos, más me mira.
Ellos se abren por encima del sigilo
con la misma prudencia creadora del reflejo.

Sopla mis párpados como brisa.
Su calma induce al sueño
su velo, dulcemente… al pecho mío,
al cierzo de Caliope
al plectro de Melpómene
a campos de Erato y de Talía.

Inquieta en la ventana
Euterpe gesticula. Despide a mi musa,
aún sin nombre, refrendada.
Hace guardia. Se mira en los cristales.
Y comedida, con su extensa sonrisa veraniega
sacude al árbol
al viento caluroso, a las ideas
y a mi urbana sensación de haber dormido
entre plumas, ramas, musas
y zorzales.

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