Gelu Vlasin / Para una geografía del alma /

(Una nota sobre El último aliento de Gelu Vlasin)

 

 

            Confieso que cuando Gelu Vlaşin me pidió que escribiera estas palabras acepté de grado, pero con cierta inquietud, porque conocía a la persona, pero sabía también de la importancia y la dificultad de su obra, una obra que -he de confesarlo-  no conocía demasiado, aunque el hecho de que lo hubiera traducido Mario Castro Navarrete era, por otra parte, aval suficiente. También los pocos poemas que Joaquín Garrigós había traducido para Enfocarte invitaban a aprovechar la ocasión para un mejor conocimiento…[1]

Debo decir que este libro me ha dejado literalmente deslumbrado[2], antes que otra cosa, y que por lo tanto es para mí un placer y una alegría recomendarlo a y presentarlo ante los lectores españoles. Gelu Valsin es un poeta excepcional, de una intensidad conceptual y emocional asombrosas, y una capacidad rítmica y musical admirable, dotado de un sentido de los concreto trascendente que golpea e hiere al lector por su capacidad de selección léxica, la sabia combinación de los registros lingüísticos y la intensidad de los efectos sonoros provocados por la fragmentación pausada de los de los versos, entregados a veces una verdadera “carrera de encabalgamientos” que multiplican su carga semántica y desencadenan una deriva connotativa, a veces marea, a veces tormenta, con la que tiene  que bregar, intelectual y sobre todo afectivamente, el lector. Con esto estaría dicho casi todo. Con esto y con añadir que, en sordina, un contrapunto irónico, un requinte de distanciamiento recorre todo el texto, que tiene algo del ritmo sincopado y de la lógica de la variación propias de la música de Jazz (quizás no sea gratuito que Vlaşin esté casado con una excelente cantante que cultiva principalmente este género) sin que llegue a ser, no obstante, o eso me parece, eso que suele llamarse Jazzpoetry tal como la cultivan otros notables escritores rumanos[3]...No.  La poesía de Gelu Vlaşin es poesía a secas: una alta e intensa poesía; fruto sin duda de un logrado oficio, pero sobre todo de esa sensibilidad y capacidad de mirar al mundo y sus criaturas de la que nace siempre la verdadera poesía[4]. Aquí, esa mirada se dirige o aparenta dirigirse preferentemente al cuerpo -el cuerpo propio y los estados por los que atraviesa, muchas veces el amor pero también y en forma muy contundente la muerte, “questa norte que ci acompagna del matino a la sera…(¿Cómo no recordar a Pavese?)-. O mejor dicho, a esos objetos, las “partes” que lo conforman -manos, rodillas, ojos…- y que se mueven animados por el alma  o  (si preferimos una visión más agnóstica del mundo)  la mente gracias a la cual cobran (o no) sentido y aspiran (en vano acaso) a una coherente y necesaria consciencia que los englobe y armonice…Adelanto aquí una frase que Vlaşin coloca casi al principio de uno de sus manifiestos literarios: “Si sufrimiento artístico la poesía no existe, sin vivida un poema no puede respirar”.

            Con esto estaría dicho casi todo, pero los prólogos, tienen como todos los géneros literarios sus intrínsecas convenciones. Volviendo al principio, hay que decir pues que Gelu Vlaşin nació en Telciu en 1966 y publicó sus primeros poemas en 1999 en la prestigiosa revista România literară, presentado por Nicolae Manulescu, uno de los grandes de la crítica literaria rumana. El mismo Nicolae Manulescu prefaciaría también su primer libro, Tratat la psihiatrie, aparecido aquel mismo año y reeditado de nuevo en 2006 en formato digital y que ha sido traducido al francés en varias ocasiones y más recientemente al español (Amargord, 2014) y al inglés. El libro consagró ya a Vlaşin como una importante figura de las letras rumanas, vinculándolo a lo que él mismo ha llamado “deprimismo”[5] (“deprimism”) y a un minimalismo intimista y postmoderno, la libertad de cuyas asociaciones ha hecho recordar a algunos críticos las libertades del surrealismo. Violeta Savu escribe: “Es casi imposible hablar del poeta Gelu Vlaşin sin mencionar que es el iniciador de la corriente deprimista y ha fundamentado su creación basándose en un manifiesto literario. Por lo que yo sé, de entre los poetas contemporáneos, Gelu Vlaşin es el único que ha expresado su credo artístico bajo la forma de un ensayo, formulando una doctrina artística” [6] Ciertamente, aunque hoy proliferan las poéticas (poéticas que a mi juicio hay considerar con harta prudencia a la hora de abordar los poemas) estamos aquí ante un proyecto de mucha mayor envergadura. Del manifiesto cuyo preámbulo puede leerse en el blog del autor traduzco algunas frases[7]: “Si no consigues transmitir nada propiamente tuyo a ese lector que no tiene nada que ver con tu pandilla de “iniciados”, esto quiere decir que tu poema es un simple ejercicio de estilo y nada más. […]Estoy harto de “poetas verticales”, de hipócritas que fabrican poemas como si fabricaran recetas de cocina […]” Y más concretamente, en un plano más técnico, estas dos formulaciones me parecen del mayor interés. “La poesía, según la concepción deprimista, no es una esencia, no es una matriz localizada en una  zona determinada del poema., sino que consiste en la difusión de todos los espacios en blanco dispersos sobre toda su superficie” y “el deprimismo tiene la intención de dejar atrás la esfera tradicional del lirismo y de incluir en el concepto de metáfora cualquier transferencia completa de términos y estructuras visionarias…”Ambas propuestas (ya recordadas a propósito del Tratado de psiquiatría por su traductora al español) avisan de la importancia de la disposición gráfica y aun plástica de los poemas y de la absoluta libertad  de las secuencias derivativas en se  constituyen estos, rasgos ambos harto evidentes en El último aliento.

            Si ya Tratado de psiquiatría colocó a Gelu Vlaşin en lugar destacado, y sobre todo dotado de una voz propia y originalísima entre los poetas rumanos del momento, los libros que siguieron no hicieron sino confirmar la madurez de una voz personalísima y siempre reconocible que sin embargo parece depurarse cada vez más.  A tratado de piquiatría siguieron títulos igualmente contundentes como Ataque de pánico (2000), Poema torre (2001) y este El último aliento, originariamente publicado en 2005[8].  En 2009, prefaciando una antología de autor de estos cuatro libros, Claudiu Komartín escribía: “Gelu Vlasin es un autor que ha conservado un estatus y una reputación que en otros muchos casos la lejanía de la patria ha erosionado por completo. Desde este punto de vista nadie puede discutir que, a lo largo de los diez años pasados desde que comenzó a publicar -y a pesar de su ausencia (motivada desde luego  por el atractivo y el esplendor de la cultura hispánica)-  mi amigo Gelu Vlasin […] ha seguido siendo uno de los escritores más vivo y más lleno de curiosidad que conozco”[9] A los cuatro libros citados han seguido Ayla (2011), Douăzeceşişapte (2013) y un libro de publicistica del mayor interés,  Don Quijote el errabundo, un “diario ibérico” realmente interesante que aborda muy variados temas, considerado pro algún crítico rumanos, acaso con razón, como algo excéntrico respecto a su poesía y que Viorica Ganea considera “una lección de libertad”[10]. La crítica rumana ha recibido siempre elogiosamente estos libros aunque con discrepancias hermenéuticas que avisan ya de su riqueza y complejidad.

            Instalado en España desde hace muchos años, Gelu Vlaşin no ha abandonado, sin embargo, ni la lengua ni la escena literaria rumana. Varios críticos han señalado su ascendente sobre algunos de los jóvenes poetas emergentes de más interés.  Si muchos de sus compatriotas han optado por escribir en la lengua de sus países de residencia -entre nosotros, me viene ahora a la mente el nombre de mi colega y amiga la muy premiada poeta y novelista Ioana Gruia-, Gelu Vlaşin se alinea entre los que, como Norman Manea (por citar acaso al más conocido) se han mantenido fieles, en su obra literaria, a su lengua materna. Fidelidad a la que ha unido además una actividad fervorosa de agitación y promoción cultural en favor preferentemente  de la cultura y la diáspora rumana  (es presidente de la Asociación de escritores Rumanos  de España y creador de Rea Literaria /La Red Literaria/ The Literary Network[11]) en sus ámbitos de acogida sobre todo, pero sin olvidar nunca la dimensión universal a que debe aspirar toda cultura. Colaborador habitual las más prestigiosas revistas rumanas, también lo es de muchas de España, Italia, Francia u otros países y está incluido en dos decenas de antologías impresas o digitales en diversas lenguas… De los premios, distinciones y aún condecoraciones que esta labor ha merecido no voy a hacer relación. El lector interesado en estos detalles mundanos los hallará fácilmente en internet. Solo los menciono aquí para resaltar que Gelu Vlaşin no es solo una muy importante y activa presencia en las letras y la cultura rumana de hoy, sino que ha transcendido esa dimensión nacional y es además y duda uno de los principales interlocutores culturales de Rumanía con España y, por ende, con todo el mundo hispánico. Por ello la publicación de este libro sería un acontecimiento editorial políticamente relevante, si no fuera además y sobre un acierto editorial desde el punto de vista literario, porque hay que insistir en resaltar que toda esta carrera de Gelu Vlaşin arranca de y se fundamenta en una poesía de altísima calidad y una más que notable originalidad que alcanza quizás en este libro uno de sus momentos de mayor esplendor y de más  más elevada y condensada expresión. Creo, en efecto, que El último aliento es un libro clave en el conjunto de la obra poética de Gelu Vlaşin.

            Frente los explícitos tecnicismos de los títulos de los poemas que componían el Tratado de psiquiatría, aquí encontramos palabras sencillas: “la mano”, “la risa”, “el ombligo”, “la calle”, “la lengua”. Palabras que designan realidades, salvo alguna excepción, empíricas y genéricas, fácilmente denotables.  En la mayoría inmensa de los casos el título del poema es una sola palabra que es también la primera palabra del primer verso[12]; puede decirse que es la palabra de la que arranca el poema y cuando no es así, muchas veces el título puede ser entendido como un primer verso o como un contrapunto dialéctico de este. Como hemos dicho, muchas de estas palabras aluden a realidades corporales, a actividades genéricas relacionadas con el cuerpo (“la risa”, “el sueño”, “pensamiento” “sentimiento” “el sueño”) y con el alma o si se prefiere la mente: porque si el primer poema trata de “la mano” ya el segundo trata de “la mente”. Esto hace que la corporalidad sea una constante de un libro en que los poemas se desarrollan y se suceden a un ritmo vertiginoso, se continúan o se contradicen, a veces se replican en la distancia (la “mente” que tiene su réplica en “otra mente” 45 poemas después). Pero si esta corporalidad es quizás un soporte en la constitución del libro no lo son menos el amor y la muerte, paisajes privilegiados del ama (y del cuerpo). Con el amor empieza el libro, pues ya en el primer poema asistimos a una donación, a un acto de entrega que solo  por amor se concibe: “…/ la mano / mía    /sin la cual / el cuerpo sería un simple / sauce / a la orilla del tiempo/ he aquí mi mano te la doy” La temática amorosa recorre el libro y aparece, gracias a la sorprendente capacidad asociativa de su lenguaje, una y otra vez hasta cuando menos a esperaría el lector. En este sentido, no quiero dejar de proclamar aquí que “la calle” es uno de los más hermosos poemas de amor que he leído en los últimos meses, o puede incluso que en los últimos años. Y si el libro empieza con el amor, con la muerte termina, en el espléndido poema final que le da título: “soy/ el amo / del abismo    eterno / respírame / soy el último / aliento”[13]. En esta armazón unificadora cabe también  una bellísima serie familiar (“la madre, el hermano, el padre) y no faltan, por ejemplo, las referencias a la realidad española que el poeta vive, entre los que yo destacaría el magnífico “tomás”, sobre un cuadro del Greco… Y caben muchas más cosas de entre las cuales aquí quiero recordar por ultimo las referencias religiosas o simplemente bíblicas o sacrales  que a veces salpican los poemas.

            Los sesenta poemas, en general breves y aún muy breves, son un alarde de virtuosismo formal, como ya he insinuado, virtuosismo transfigurado por la una intensa vivencia poética. Si métricamente cada verso multiplica su ritmo (generalmente impecable por otra parte) gracias a la sucesión de las pausas verbales, gráfica y plásticamente cada poema (justificado a la izquierda) es una especie de cuadro donde los espacios en blanco refuerzan las relaciones y los contrastes semánticos entre las palabras que disimetricamente separan. El poema es muchas veces una exploración y una deriva poéticamente controlada de la palabra que le da título y de la que en apariencia se origina. Un “estallido” sonoro de connotaciones que explota y aprovecha todas las posibilidades fonéticas, morfológicas y hasta sintácticas, pero sobre todo semánticas en busca de una multiplicación y una refundación del sentido… Una retórica sorprendente late en estos poemas de sintaxis sencilla, con frecuencia constituidos por un solo periodo oracional, más de una vez hipotético, o de una simple serie de proposiciones yuxtapuestas. El uso de sistemático de la anáfora y otras figuras de repetición, la paronomasia o a veces el calambur unido a una riqueza metafórica basada en la libérrima asociación de ideas y palabras contribuyen a crear esa sensación de deriva inesperada y a veces de súbita revelación que estos poemas producirán probablemente en el lector junto a la sensación de hallarnse ante un lenguaje personalísimo y exclusivo, identificable y reconocible ya desde los primeros versos. Una unidad extraña, en consecuencia, y una sorprendente e inesperada coherencia parece informar estos poemas hasta el punto de que resulta difícil citarlos fragmentariamente: de tal modo los versos parecen sucederse e implicarse tan naturalmente unos a otros.  A propósito de El último aliento algún crítico ha hablado de “cierto manierismo”, otra de un “aparente narcisismo (aunque atractivo)”. Inspirándome en ellos quisiera cerrar mi presentación de este libro recordando que el manierismo no significa amaneramiento sino lucha con (que no contra) la medida y los límites y que el narcisismo no es el engreimiento sino el lugar exacto en que mejor convergen el amor y la pulsión de muerte.

            Dos palabras aún sobre el muchas veces inmerecidamente olvidado traductor sin el cual la comunicación entre culturas sería imposible. Debo decir que Mario Castro Navarrete, a quien tuve el placer y el honor de invitar a mi curso de Literatura Rumana a principio de este curso, es un hombre excepcional tanto por su recorrido vital como por su trayectoria intelectual. Poeta él mismo, de muy diferente pero intensamente sentido registro, es de los pocos entre nosotros (los hablantes nativos de español) que se ha atrevido valientemente con los poemas de Eminescu y ha salido con bien del encuentro. Ha hecho, como siempre, un excelente trabajo al ofrecernos ahora esta versión castellana de Ultima suflare y es de justicia darle las gracias por ella.

 

 

 prof. univ. Enrique Nogueras

 Facultad de letras                                                                                                        

Universidad de Granada

Vizualizări: 196

Adaugă un comentariu

Pentru a putea adăuga comentarii trebuie să fii membru în reţeaua literară / la red literaria !

Alătură-te reţelei reţeaua literară / la red literaria

© 2019   Created by Gelu Vlaşin.   Oferit de

Embleme  |  Raportare eroare  |  Termeni de utilizare a serviciilor