Un lugar llamado Oreja de Perro: una novela de Iván Thays


Por Martín Palma Melena
Blog: Carta Náutica

Un hombre ha recibido de la vida varios golpes casi simultáneos. Ha perdido prematuramente a su hijo Paulo. Siente además remordimiento pues acaso fue negligente y pudo haber evitado aquella tragedia. Como si fuera poco, ha sido abandonado por su esposa, Mónica, quien probablemente se ha ido con otro hombre.

II

Antes de continuar, me detendré en algunas citas de esta novela.

Lili, una mujer oriental, le dice a un amnésico: «No tienes por qué lamentarte por la amnesia. La memoria es una espía. Tú has logrado librarte de ella, has conseguido extraviar a tu espía. Considérate un hombre muy afortunado» (Thays 81; mis resaltados).

Páginas más adelante, el narrador-protagonista nos comenta: «El antónimo ideal de la memoria debe ser la imaginación, fantasear, hacer ficción. No la amnesia» (Thays 178; mis destacados)

III

Y ¿por qué resalto estas citas? Porque la memoria bien sería un elemento esencial en esta obra, o sea: el personaje principal tal vez quisiera olvidar tanto sufrimiento; pero como no puede entonces recurre a la imaginación, para reelaborar la memoria y darle algún sentido.

Y esto porque la memoria se presenta efectivamente cual espía a la que nuestro sujeto no desea escuchar pero que no cesa de interpelarlo y de obligarlo a atar ciertos cabos (y a veces, en la vida, hay cabos que sería preferible dejarlos sueltos, si no se está preparado).

IV

De esta forma, a lo largo de la historia, el protagonista va rememorando su pasado y confirmando (que no descubriendo) cuán cerrados había tenido los ojos ante muchas cosas ocurridas tal vez incluso ante las propias narices.

Y hablo de confirmar y no de descubrir, pues este hombre acaso ya intuía muchas cosas que las adversidades únicamente han hecho ver con mayor nitidez, por ejemplo: él ya conocía de alguna otra infidelidad de Mónica; él ya sospechaba que su matrimonio desde hacía mucho venía desmoronándose a través de un proceso solamente acelerado por el fallecimiento de Paulo.

V

Sin embargo, el personaje hacia su esposa más que rencor siente nostalgia, esto es: esa mezcla entre memoria y tristeza y hasta ternura, estado que nos estimula no tanto a increpar como a comprender (y comprensión es no precisamente perdón aunque sí un espacio ganado frente al resentimiento; un espacio donde podría existir cabida incluso para un mea culpa y eventualmente para perdonar).

VI


Tal vez por ese motivo, en sus esfuerzos por comprenderla, el narrador nos cuenta algunas cosas sobre Mónica: ella tuvo una difícil historia personal, provino de una familia disfuncional y sufrió una abrupta y nunca aclarada ausencia paterna y conoció la soledad por prolongados periodos durante la adolescencia.

Cuando a muy temprana edad experimentamos la perdida o el abandono de algún ser querido (y más si éste es un referente importante para cualquiera), nos cuesta involucrarnos nuevamente y mantener relaciones estables, pues si volvemos a querer a alguien, quién nos garantizará que no volvamos también a perderlo y a sufrir, temores naturales pero más acentuados si hemos padecido la drástica ruptura de algún lazo afectivo (y más aún en una etapa como la juventud, donde las heridas a veces nunca cicatrizan totalmente).

Y la de Mónica sería una situación semejante, ésta es: ella de muy joven había sido abandonada por el padre, y esto ya de por sí a la mujer le habría hecho difícil el conservar un vínculo permanente (vínculo eventualmente generador además de una tensión de la que se habría buscado escapar mediante infidelidades conyugales o bien ciertas o bien supuestas); dados estos antecedentes, a Mónica ya le resultó demasiado el fallecimiento del primogénito (una perdida que es distinta a la del progenitor pero que es igual de traumática y de imborrable) y habría optado por huir antes de continuar con un matrimonio en el que el marido y el ambiente hogareño sólo habrían hecho recordar al hijo muerto.

No obstante, gracias a la mirada del esposo, a Mónica ni la vemos como la mala de la película ni tampoco la justificamos; pero llegamos a entenderla…

VII

Por su parte, el protagonista nos cuenta sus dramas sin aspavientos ni sentimentalismos; dramas que por eso debemos leerlos despacio para detectar que se nos está sugiriendo entre líneas.

Y esto quizás porque este sujeto a sus desventuras no las ha procesado totalmente sino las está recién procesando, y ya después quizás las sentirá en toda su intensidad, como cuando hemos recibido muchos golpes, y sólo cuando nos sobreponemos sentimos los impactos…

VIII

Sin embargo, precisamente por esos sufrimientos, aquel personaje parece convincente cuando se vuelve más receptivo ante realidades que le hubieran pasado desapercibidas en circunstancias más ordinarias; realidades que este individuo irá confrontando a lo largo de la historia.

De esa manera, con esa sensibilidad a flor de piel, él comienza a ver por televisión las prolongadas jornadas de La Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (Comisión que pretende esclarecer muchas violaciones contra los Derechos Humanos en los tiempos del terrorismo en el Perú); él comienza a tener mayor lucidez de como los medios a este evento lo banalizan presentándolo como un espectáculo y enfocándolo desde ángulos intrascendentes (como por ejemplo cuánto ganan los miembros y colaboradores de La Comisión…).

Y así, en algún momento, nuestro sujeto llega a escribir en un artículo: «Lo peor que podría pasarnos era acostumbrarnos a la muerte; a la impunidad, al horror, al Mal» (Thays 19; mis destacados).

Por tanto, gracias a su propio dolor, el narrador adquiere una capacidad de la que muchos peruanos carecen cuando tienen vidas muy instaladas y normales: la capacidad de no acostumbrarse a los horrores que se van conociendo por los testimonios brindados durante las sesiones de la mencionada Comisión…

IX

Ya en este punto, el protagonista pareciera tener sus sentidos más afinados: para viajar por un encargo periodístico a un pueblo andino llamado Oreja de Perro; para sintonizar con personajes como Jazmín; para no sólo entender sino además interiorizar ciertos dramas ocurridos durante las épocas de la violencia terrorista en el Perú.

En este libro, para el narrador, los personajes de Marú y de Jazmín bien podrían significarle todo un simbolismo: Marú representaría un mundo criollo que es conocido de sobra y que ya no aporta nada nuevo (Marú podría ser inteligente y no pertenecería exactamente al siempre odioso estereotipo de la cabecita-hueca, pero ella tiene sus vacíos y no es lo suficientemente madura para experiencias sólo comprendidas cabalmente si se han vivido o si al menos se ha vivido); Jazmín representaría un mundo andino que es todavía enigmático pero con el que ya podría sintonizarse y que podría aportar mucho incluso a la propia historia personal(pues el protagonista está siendo moldeado por sus propios sufrimientos y haciéndose así más proclive a conocer a alguien que pueda comprenderlo mejor y que sería Jazmín, quien pertenece a otra condición social pero tiene un pasado también muy duro).

En este libro, el protagonista no nos brinda respuestas; pero tal vez estaría preparándose (o madurando) para siquiera empezar a buscarlas…

En ese sentido, sin ánimo de querer hacer una apología al masoquismo, en esta obra acaso al dolor sea una pedagogía extraña para humanizar, es decir: cualquiera que sea, el dolor a veces nos es inevitable, aunque podría hasta agudizar bastante nuestra otrora visión superficial, pero eso únicamente lo consigue un dolor o reconciliado o procesado o asumido con todo un sentido (y en este proceso pareciera estar el personaje principal).

Así, esta obra es sobre la memoria, sobre el dolor personal como una rara forma de aprendizaje y de sensibilización ante los dramas y heridas aún no cicatrizadas en un pueblo imaginario llamado Oreja de Perro; un pueblo andino otrora víctima de la violencia terrorista en la década de 1980.

En esta historia un mensaje que deduzco sería el siguiente: mientras no aprendamos a reconciliarnos primero con nuestro propio dolor personal, difícilmente aprenderemos a reconciliar el dolor social por la violencia terrorista en el Perú. En otros términos: primero cambiemos nosotros y después podremos cambiar la sociedad

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Bibliografía

Thays, Iván. Un lugar llamado Oreja de Perro. Barcelona: Editorial Anagrama S.A., 2008. 212 páginas.

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Este artículo fue publicado originalmente en mi blog Carta Náutica

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Imagen: zannah's photostream. Fuente: Flickr

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