Estos son poemas que tiran de las cuerdas del alma. En pocas palabras abarcan una enorme área de la experiencia humana, de lo que es ser humano. Son las palabras de un alma en tormento, un alma que se encuentra sola, incapaz de conectarse con el objeto de su deseo. Se trata de amor no correspondido o perdido. El poeta se arrodilla en la oración, intercambia miradas, busca al ser amado, pero sus dos existencias raramente se superponen. Quiere estar en armonía, en una relación positiva, pero es incapaz de lograrlo. El dolor metafórico en su rodilla izquierda -utiliza el cuerpo humano como una metáfora para el alma- proviene tanto de viajar por terrenos accidentados para alcanzar o no llegar a la unión o reunión. Quiere ponerse en contacto con la fuente perdida que lo alimentará. No desprecia su necesidad. Parece que una vez prácticamente tuvo el amor del que ahora carece. El tú y yo de sus poemas, alguna vez se usan para acurrucarse en su alma después de un acto de amor, pero, incluso entonces, ese amor se sentía como una lava fría. Su alma derrama una cascada de palabras como un lamento de un amor perdido, en la vana esperanza de que el ser querido vuelva a él dandole la atención que solía disfrutar, aunque limitado. El libro lamenta la imposibilidad del amor. Describe en detalle el viaje esperanzado de un amante hacia una idea de amor recuperada, cumplida. Sin embargo, la hoja de la vid no es más que una mancha verde en su cabeza dispersa, minuciosa. Las palabras del ser querido ya no llegan a su oído. A medida que el libro se desarrolla, aprendemos que el objeto de deseo del poeta, de su intensa sed espiritual, es casi divino. Ya no puede alcanzarlo. El cazador sólo encuentra una corriente seca donde una vez estuvo el Jordán. Ya no hay sustento espiritual que se pueda encontrar. La hierba está muerta y mata. El libro es un lamento de una fe perdida en el amor. Quiere reconstruir su alma, un alma que extendería su mano hacia el ser amado, pero es todo en vano. Se queda sintiendo que su existencia es un producto del mero azar. Tal vez sus palabras podrán sobrevivir a él, sólo para ser devoradas por los cuervos. Tal vez logre la visión del amor después de la muerte, los ojos espirituales, pero sólo para llorar por su desaparición corporal. Aún, conserva la certeza de que el ser querido está allí en el futuro con los brazos cruzados, esperando. Él ve esa figura, destacándose claramente en su mente contra el molde mortal de la nada. Estos pensamientos asaltan su alma encerrada en la noche, pero, iluminando su oscura condición, siente, por un momento, la refrescante insinuación del sueño eterno. Tal vez la idea de ese sueño restaurador  baste para calmar su angustia metafísica. Tal vez sea más. Ojalá  pudiera ser cierto que el cuerpo enfermo crecieran alas en el momento de la muerte física. Sin embargo, sus palabras son impotentes. La mano [con la que escribe] está lisiada. Las ideas brotan en su mente en el paisaje quemado que él contempla. ¿Puede el sufrimiento conducir a la salvación de un alma? ¿Hay alguna forma de que su terrible anhelo, estas lágrimas, pueda conducir a su superación de la oscuridad que se avecina? Al lado de su Amado, le ruega al último que sienta la sufrimiento, o simplemente reconocerlo. Él se dirige al Amado de cerca. Intenta restaurar la relación, trata de restablecerla en el espacio que hay entre ellos. Mira mis labios engañosos, él suplica - culpándose a sí mismo de la separación. Pide al ser querido que lo lleve de vuelta sabiendo que sus palabras sus pensamientos están haciendo daño como él lo hace. Las imágenes del cazador, de los cazados y de la presa se repiten, sugiriendo que sólo la muerte está al final de esta búsqueda: un destino asesinado. Trae imágenes de violencia, garras iluminadas que rascan el vientre del día, el día a través del cual la nada de su ser fluye hacia el más allá. Poema tras poema pide que el ser querido se acerque. Pero todo lo que ve es la muerte de la luz en los ojos del Otro y su rostro crucificado reflejado desapareciendo en esos ojos moribundos. Siente que se está ahogando en el vaso de sus propias palabras. No puede dejar de escribir sobre el objeto de su deseo. Considera medidas drásticas: destruirá sus antiguas formas de pensar. Tal vez entonces su amado reaparecerá. La figura de una madre aparece tarde en el libro. El ha cosido su rostro en su alma. Escribe acerca de un hermano cuya fe le sostiene (el poeta) y le permite de alguna manera seguir adelante. Su padre, nos enteramos, no había querido entrar en estos reinos del pensamiento, pero su madre le mostró cómo superar los hechos mundanos. Él encuentra algún consuelo para su oscuridad interior en la pálida luz de la luna. Dice que la marihuana es una espada de Toledo que te desconecta su mente. Se refiere a las ovejas cortadas al final de una corrida como un par de perdices muertos - la cruel y absurda reacción del hombre a la condición humana, su burla de la mortalidad, su caza degradada. Él reprende a Tomás por no reconocer cómo son las cosas, cómo la humanidad necesita escapar de las turbulentas aguas de la duda en la que se encuentra. Al igual que el torero que se enfrenta a una muerte que está afilando sus dientes en su mente. Los recuerdos, al igual que los soldados de plomo de la infancia, amenazan con privarle de su mente, su cordura, pero sigue decidido a asesinar a la muerte, a superarla de alguna manera en su mente. Sin embargo, sigue volviendo al hecho de que está lleno de una cegadora oscuridad. Los ojos y los labios queridos del ser querido podrían, según él, destruir el seco y árido camino en el que se encuentra. Pero entonces él siente que está perdiendo el poder de la palabra, que sus palabras no van a ninguna parte. Se siente como un amante que ha perdido a su ser querido. La única palabra que oye es soledad. Las palabras de su amante ya no entran en sus oídos, sólo las aves rapaces que le arrancan su poder para escuchar. Él está envejeciendo. Solamente sonidos dolorosos llenan su cabeza ahora, como chismes viejos. Se está convirtiendo en la presa, en la presa de y al caos. El pelo del amante se convierte en una cruz que soportan. Siente que está siendo crucificado por sus recuerdos de amor perdido. Sus pensamientos están moribundos. Retirandose de su búsqueda, es como si la locura desciende del cielo y él siente sólo la muerte acechando. Se siente como ha sido pisoteado por un caballo negro - el tema de la Tauromaquía de vuelta. Sus huesos comienzan a caer y a pronunciar palabras. Él siente que la muerte está casi sobre él. La vida comienza a sentirse como una corrida de toros en la que está perdiendo. Su vida es todo un juego, un juego que él está perdiendo. El libro aburda a la conclusión con meditaciones sobre el fin de las cosas: la arena del infinito, el último aliento.


Una y otra vez, al leer estos asombrosos poemas, uno recuerda la poesía de Juan Larrea y la de los místicos españoles San Juan de la Cruz y Fray Luís de León y el Cantar de los Cantares.

Robert Edward Gurney

Londres, Inglaterra 

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